En las llanuras de Apan, el día comienza antes que el ruido. Entre magueyes, caminos de terracería y campos de cebada, aún existen lugares donde el amanecer conserva la calma de otro tiempo.
Hay lugares donde el amanecer llega acompañado de motores, notificaciones y prisa. Y hay otros —cada vez menos— donde el día comienza con el olor de la tierra húmeda.
En Apan, Hidalgo, el cielo suele aclararse antes de que los caminos despierten. Las parcelas permanecen inmóviles, los magueyes proyectan sombras largas y el viento frío de la mañana parece barrer cualquier pensamiento que uno traiga desde la ciudad.

Durante mucho tiempo fotografié estos paisajes creyendo que estaba documentando un lugar. Con los años entendí que, en realidad, estaba intentando conservar una sensación.
La sensación de salir temprano cuando todos duermen. De escuchar un perro a lo lejos. De ver cómo el sol toca primero las puntas de los magueyes y después los campos de cebada. De sentir que el mundo todavía no decide qué será ese día.
Los paisajes cambian más lento que nosotros; por eso a veces volvemos a ellos para recordar quiénes éramos.
El altiplano hidalguense tiene una belleza discreta. No busca impresionar. No tiene montañas monumentales ni selvas exuberantes. Su fuerza está en la repetición: parcelas, cercas, magueyes, nubes, horizontes.
Quizá por eso resulta tan fácil pasar de largo sin mirarlo.

Pero cuando uno se detiene, aparecen los detalles: la humedad sobre las piedras, las huellas recientes de una camioneta, un espantapájaros inclinado por el viento, el vapor que sale de una taza en alguna casa todavía encendida.
Esos detalles son los que construyen la memoria de un lugar.
A veces pienso que el campo mexicano ha sido contado desde dos extremos: la postal romántica o la estadística agrícola. Entre ambos queda un territorio inmenso donde vive la experiencia cotidiana de millones de personas.
Reminiscencias nace precisamente de esa inquietud: mirar el México contemporáneo no sólo como escenario, sino como una colección de historias, paisajes y momentos que merecen ser recordados.

Cuando el sol terminó de salir aquella mañana, el campo empezó a llenarse de ruido: motores, voces, herramientas, radios encendidos. El momento había durado apenas unos minutos.
Tal vez por eso seguimos tomando fotografías.
No para detener el tiempo, sino para volver a él cuando haga falta.